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Una cesta de cerezas amargas      (por Eva Levy)

Me hubiera gustado despedir el año de forma más alegre, pero 2023 empezó con ecos de guerra y alumbra 2024 con nuevos conflictos envenenados, que me resultan especialmente dolorosos. Dicen algunos expertos que el nivel de violencia en el mundo, así como el de la pobreza, ha descendido notablemente respecto al pasado y tienen datos, pero los humanos vivimos un corto periodo de tiempo, demasiado corto para que nos consuelen las cifras históricas cuando nos asaltan, en presente, imágenes o experiencia terribles. Ahora mismo, quiero pensar que los horrores de este presente son víspera de tiempos mejores a pesar de las apariencias, lo prefiero mucho más que comprarle a Borges su despiadado “todos los hombres viven tiempos infames”.

Qué pesimista me he levantado, ¿verdad? Pienso en el hermoso preámbulo fundacional de la UNESCO, salido de la experiencia de la II Guerra Mundial, y en esa pequeña frase inicial: “puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. El concepto se desgrana luego en ideas más próximas y cotidianas que incluyen, no solo la mente, sino el corazón de la humanidad a la que se dirigen. Las guerras nos estremecen con razón, pero no surgen de la nada y, mucho más cerca, vemos campar otra violencia de andar por casa, movida por el egoísmo rastrero, los intereses personales sin compasión por el otro, las crueldades que anidan a veces incluso entre la infancia. No hay que irse a las trincheras para encontrar víctimas, a menudo víctimas mortales. Lo pensé sobre todo a finales de noviembre, con los recordatorios oficiales sobre la violencia contra las mujeres, esa “guerra” sorda que se produce sin pausa, tanto en sociedades atrasadas como en la puerta de al lado, en los vecindarios más exclusivos.

¿Exagero al establecer simetrías entre conflictos armados y violencia cotidiana contra las mujeres? Sí, y no. En el caso de Oriente Próximo, fue justamente el sadismo contra las mujeres israelíes, en el contexto de una desafiante matanza con toma de rehenes, la que provocó la respuesta durísima que estamos viendo. Sadismo que, por cierto, no mereció demasiada compasión entre las feministas de guardia.

Hay otra simetría: la complejidad de los factores detrás de los estallidos de violencia de amplio alcance. Con un factor en el caso del maltrato a las mujeres y es que resulta más fácil sentarse en una mesa de negociación para resolver un conflicto armado, que encontrar la fórmula que asegure el respeto a la integridad física y el reconocimiento de la igualdad y libertad de la mitad de la población mundial. Me estremece recordar -y no hace tanto- los pactos con los talibanes cuando recuperaron el poder en Afganistán. Cuántas palabras. Pobres mujeres, pobres niñas, pobres todos.

He comentado en ocasiones, cuando me lo han preguntado, que, si en mi activismo no me he dedicado a cuestiones como esta de la violencia contra la mujer, no es por falta de solidaridad o preocupación, sino porque ya existen personas y grupos con más capacidad para abordarla. Hay muchos campos en los que militar y siempre he pensado que debía defender la independencia económica, el crecimiento profesional y el acceso femenino a los puestos de poder, no solo por justicia, sino para que directivas y consejeras abriesen camino y ampliasen, tanto la empleabilidad como las aspiraciones de otras mujeres. No se me escapa que también entre las mujeres más preparadas se dan casos de abuso y violencia, sea en el ámbito del trabajo o en el de su vida privada, pero también cuentan con más recursos para romper cualquier círculo vicioso o para presionar a las instituciones y gobiernos. La prueba son los avances legislativos en defensa de los derechos de la mujer conseguidos en pocos años, aunque quede mucho por hacer.

No obstante, soy consciente de que esos avances se dan en unas sociedades acotadas en el mapa y nunca debemos darlos por seguros. Al margen de los cambios políticos, esa seguridad de haber alcanzado algunas metas mínimas se tambalea cuando, por ejemplo, vemos hoy a tantas niñas y adolescentes de nuestro mundo privilegiado que parecen haber retrocedido en su autovaloración y ambiciones laborales, con lo que se convierten en carne de cañón, en víctimas propicias, además, de una violencia digital y de acoso inimaginables hace un par de décadas.

Con motivo del Día de la Eliminación de la Violencia de la Mujer, el 25 de noviembre, y de las jornadas posteriores que promueve la ONU, asistí a una mesa redonda de Mercer sobre el tema. No abrumaré con datos, porque pueden consultarse muchos informes, pero sí me pareció significativo que el 13,8% de las españolas hayan sufrido algún tipo de violencia -y no me refiero además a discriminaciones de otro tipo- al punto de que en 2022 se ha incrementado el número de víctimas directas en un 8,3%, lo que arroja un número de 32.644 mujeres afectadas (INE). Ignoro el cómputo de este año, pero llevamos ya medio centenar de asesinadas, así que no me hago ilusiones.

Sin embargo, de Mercer no salí tanto con un puñado de cifras como con la convicción reforzada de que este problema es tan transversal y complejo, que no puede abordarse con campañas y estrategias aisladas, por mejor voluntad que las guíe. Se que eso lo saben también los responsables políticos y hace años que está en su mente, aunque es el apellido “políticos” el que puede distorsionar un objetivo que nos afecta a todos: familias, centros educativos, organizaciones empresariales, comunidades religiosas, colegios profesionales, tribunales, fuerzas de seguridad, ámbito sanitario… Y, por supuesto, instancias internacionales, hasta ahora incapaces de controlar a estados socios que burlan y se burlan de cualquier ley que favorezca a las mujeres cuando, parapetados en aspectos culturales, ignoran y machacan a la mitad de su población.

Me gustaría creer que la nueva ministra de Igualdad, la socialista Ana Redondo -al menos empezó su mandato pidiendo sinceramente disculpas por los errores de la “ley del sí es sí”- podrá concitar a los demás ministerios en la lucha contra la discriminación y violencia contra las mujeres. A los ministerios y a todos los resortes sociales con los que puede contar en esa lucha. Es un combate que va más allá de un periodo legislativo y en el que se deben trazar estrategias de continuidad. Esto es demasiado serio para debates de brocha gorda y eslóganes fáciles y excluyentes.

Solo un 5% del capital invertido en el mundo (ONU) se dedica a la violencia de género. No sé cuánto se dedica en España, porque esto va más allá de la dotación de un ministerio y por eso no me importa tanto la cifra como el hecho de que el dinero sea suficiente y eficaz en las estrategias coordinadas que se vayan desplegando organizadamente, sin prisas propagandísticas, sin golpes de efecto. En realidad, la tarea es inmensa y requiere una máquina engrasada. Si la Justicia tiene tantas carencias -ni siquiera funciona a una en el terreno informático, con lo que eso conlleva-, difícilmente será realmente útil en la lucha contra la violencia de género. Lo mismo se puede decir de los medios con los que cuentan las fuerzas de seguridad. En atención primaria se saben detectar desde hace años los síntomas de malos tratos, pero con médicos superados por la falta de tiempo, es fácil que se escapen detalles o, descubiertos, los déficits de recursos en salud mental, por ejemplo, dan para pocas esperanzas de cubrir las necesidades de la mujer y su familia. Tampoco es que sobren psicólogos en los centros escolares, ni una estrategia para prevenir conductas -de verdugos y víctimas- cuando encima estamos viendo un problema que no se daba hasta ahora, como es el acceso, a edades tempranísimas, a la pornografía más repugnante y distorsionadora. Y no quiero olvidarme de la inmigración. No hay xenofobia en reconocer que un problema al que no se hace frente -ni en España, ni en la UE- solo puede traer consecuencias desagradables a corto, medio y largo plazo. De hecho, ya las conocemos.

Al final, me viene a la mente la típica y tópica imagen del cesto de cerezas: se necesita paciencia para desenredarlas, apuntando las buenas ideas, desmontando las que no funcionan, neutralizando, por ejemplo, esos arrepentimientos con las denuncias que al poco terminan en tragedia, reforzando la autoestima de las mujeres, especialmente de las jóvenes, repartiendo tareas entre las estructuras más cercanas al ciudadano y dejando de ser tan permisivos con los países que abusan de las mujeres casi por principios fundacionales. Las mujeres, que ya estamos presentes en todos los ámbitos, debemos ser las más solidarias, las más implicadas, las que presionemos más para que mejoren las estructuras que aseguren nuestra libertad y no prolonguen la “normalidad” de una violencia inaceptable.

Deshacerse de esa violencia que nace en la mente (y en el corazón) humanos es una tarea de generaciones. Quisiera decir otra cosa, pero hay que tener humildad y realismo para ponerse manos a la obra, sin falsas expectativas, de forma que se vayan ganando posiciones y, más pronto que tarde, las mujeres no sepan lo que es el miedo y nuestra sociedad sea infinitamente más habitable.

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