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Súper Cuidadores

He participado, con un pequeño testimonio personal, en un libro realmente destacable: Súper Cuidadores, editado por LoQueNoExiste (con muy buenos títulos sobre asuntos actuales) y coordinado por Aurelio López-Barajas de la Puerta. Pero una cosa es aportar un texto, aunque te remueva por dentro, y otra tener en la mano, unos meses más tarde, el resultado final. Es entonces cuando las páginas convierten en tangibles los esfuerzos, alegrías y sufrimientos de esa obligación tan compleja que supone atender a los nuestros -o a los ajenos, si es desde la profesión o el voluntariado- en sus momentos difíciles, cuando falta la salud, se acumulan los años, o las dos cosas.

Obligación. Utilizo la palabra con toda su carga. ¿Obligación de quién, de qué, hasta cuándo? En el libro vemos muchos ejemplos de amor y superación de los cuidadores, sobre todo cuando recuerdan a quien ya se ha ido. Ese sentimiento, tamizado por el paso del tiempo, esa memoria luminosa, es una recompensa, la que hace olvidar momentos difíciles, escollos burocráticos, a veces deserciones de otros miembros de la familia o de amigos. Súper Cuidadores recoge ese espíritu, pero también es una llamada, en tono positivo, a enfrentarnos a la cruda realidad que ahora mismo mantiene en vilo a tantas familias, a tantas personas, sin distinción de edad, ni circunstancias sociales o económicas.

Cuidar es un verbo que se conjuga transversalmente y se convierte en ocasión para dar la talla personal, pero también para descubrir las carencias de nuestra sociedad a la hora de proveer de medios y estructuras a quienes tienen la obligación (insisto en el verbo clave) de hacerse cargo de sus familiares.  

A lo largo del tiempo cada cual ha lidiado como ha podido con el cuidado de los dependientes. Instituciones religiosas o filantrópicas se han hecho cargo, en la medida de lo posible, de los casos más extremos, aunque son las familias las que han llevado siempre el peso máximo. Son admirables sus iniciativas, ver esas asociaciones vertebradas por toda la geografía con las que han cubierto carencias radicales, impulsado investigaciones, establecido fórmulas jurídicas para proteger a sus hijos frágiles más allá de la muerte de los padres. Una lucha heroica. Se puede decir que los cuidadores están ahora menos solos porque la sociedad ha cambiado mucho en las últimas décadas. Para bien, porque hay una mayor sensibilidad hacia las necesidades de los dependientes. Para mal, porque queda muchísimo por hacer y faltan tantos medios, imaginación y planificación para solucionar los problemas ingentes de la dependencia, que se generan muchas frustraciones.

Sin pretender exagerar, estamos todavía en un “tierra de nadie”, aunque con muchas más ventajas que hace años. Hay pruebas diarias de solidaridad y esfuerzo a nuestro alrededor (pienso en los voluntarios vecinales, en los bancos de horas “prestadas” en las empresas a colegas con enfermos en casa, en la implicación extra de asistentes sociales), pero las familias ya no son tan grandes, ni resulta tolerable “sacrificar” a uno de sus miembros -casi siempre hijas- para dedicarse en cuerpo y alma a los dependientes; de las mujeres, por otra parte, se espera más que un papel de esposa-madre abnegada, aunque a menudo la falta de apoyo externo termina por forzar su renuncia a un empleo, con todas sus consecuencias. Tampoco son tiempos de “servicio” abundante y barato: nos tenemos que escandalizar de quienes pretenden explotar a inmigrantes, pero también del trato dudoso que reciben de la Administración, por ejemplo, las auxiliares de los servicios de ayuda a domicilio, a las que no se reconocen ni enfermedades laborales evidentes, ni se permite la jubilación a una edad más adecuada. La asistencia a dependientes es, o debería ser, una fuente de formación y trabajo, pero no está en absoluto bien resuelta. Por no hablar del espacio físico de los hogares, reducido y a veces difícil de adaptar a los dependientes, pero frente a ello, las opciones de residencias son muy escasas, especialmente si eres “medio pensionista”, es decir, demasiado “rico” para competir por una plaza pública, demasiado “pobre” para acceder a centros privados de calidad.

La dependencia tiene muchos grados y también hay una casuística muy diferente, pero representa un desafío creciente que merecería más atención de la que le prestamos ciudadanos y administraciones, aunque se hay legislado mucho en los últimos años. Individualmente deberíamos “echarle una pensada”, como suele decirse, porque a veces parece que nuestros padres no van a envejecer o que nosotros no vamos a enfrentarnos a ninguna enfermedad. ¿Qué haríamos en tal caso? ¿Qué previsiones caben? ¿Es preferible dejar herencias o asegurarse una buena atención? En cuanto a las soluciones colectivas, públicas, no acaban de abordarse con sinceridad y sin partidismos, por más que la transversalidad de los problemas aconseja lo contrario. Reconozco cierto pesimismo, ya que si no somos capaces de encarar con claridad el problema de las pensiones, tampoco parece que aquí seamos capaces de evitar los subterfugios, las promesas imposibles o los juegos de culpas que a nada conducen.

De momento, algunos datos para reflexionar: en 2020, la proporción entre la población dependiente -menos de 16, más de 65- y la población en edad de trabajar, era del 54,40%. En una década será del 60% y en 2050, del 83,7%. Por otra parte, y es buena noticia, en los últimos 20 años, el número de personas mayores de 65 se ha incrementado en un 40% hasta representar el 19% de la población total española. Dentro de ese porcentaje, un 3% lo representan mayores de 85. Y más datos, en diciembre de 2020 había 1.356.473 dependientes oficiales, de los cuales 232.243 no recibían ninguna ayuda, más de 30.000 con sus derechos reconocidos murieron sin llegar a recibirla y cerca de 20.000 quedaron en espera de resolución del trámite, que es de unos 462 días.

En los presupuestos de 2021, los fondos para la dependencia se han incrementado en un 34%, pero el problema es grande y, como decía, merece una discusión abierta y clara para buscar diferentes salidas, que incluyan los recursos económicos, desde luego, pero también otras formas de apoyo, de asesoramiento familiar, de redes de centros adecuados, de canalización de iniciativas de éxito que pueden replicarse aquí y allá… Todas las ideas deberían ser bienvenidas y escuchadas porque, al fin y al cabo, la experiencia del dolor, la vejez o los cuidados son un patrimonio común y seguramente en común encontraremos las mejores soluciones.

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