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CEPYME - 7/02/2017

He trabajado la mayor parte de mi vida en grandes multinacionales de carácter tecnológico, incluso ahora como Senior Advisor de Atos. Mi familiaridad con ese ámbito es total, como es total mi perplejidad ante la escasa presencia femenina en los sectores informáticos (menos del 25% ¡en el mundo!), pero también en las ingenierías y en otras ramas científicas y técnicas. Hay mujeres en esos campos, sí, y algunas ocupan puestos destacados, pero su número no se corresponde con su acceso a los estudios superiores, que en muchos lugares –España, para empezar, con más del 54%- supera al de los varones.

Tal vez porque ahora hay más sentido de la igualdad, observo un interés creciente de los medios sobre la cuestión, incluso con artículos que rescatan a pioneras geniales de cada rama. Es más, recientemente me comentaba una amiga –aunque es una anécdota- los aplausos tras la película Figuras ocultas, sobre tres matemáticas negras –doble discriminación en su caso- de la NASA, claves en la carrera espacial. No es casual que el cine también se implique en la batalla.

Ese interés mediático, aunque todavía resulte episódico, es un reflejo de la preocupación genérica de la ONU –con su Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, cada 13 de febrero- y, sobre todo, de la alarma de los gobiernos occidentales, temerosos de no disponer de suficiente talento. Talento para alimentar la economía de cada país, de cada bloque (en el caso de la UE) porque el futuro, que ya es presente, pasa de manera arrolladora por un filtro científico/tecnológico que necesita de muchas mentes preparadas.

No hay sector que no precise de mano de obra cualificadísima, tanto en la primera línea de creación y desarrollo de programas y proyectos, como en el enorme ejercito auxiliar que ejecuta y complementa esas líneas de trabajo. Hasta la empresa más pequeña –o, precisamente la empresa más pequeña- necesita hoy de la tecnología para expandirse y agilizar sus procesos con plataformas baratas que alguien hace posible en algún lugar distante y alguien lleva a buen puerto desde la propia compañía. Lo pequeño se hace grande sin más medios, a menudo, que una buena idea, una buena preparación… y un teclado.

La economía ya no es cosa de hombres. Desde hace al menos una década, la aportación femenina ha pasado de complementaria a imprescindible en países como el nuestro. Esa es una de las razones por las que resulta inaceptable que las mujeres de mérito no alcancen los adecuados niveles directivos. Pero, en lo que nos ocupa, el avance económico y social puede peligrar si las mujeres no están mano a mano con sus colegas en especialidades fundamentales. Se necesita de unos y de otras, no por justicia ni por cuotas, sino por la urgencia del mercado donde ya es frecuente que se queden puestos de perfil tecnológico sin cubrir.

Todavía pesan muchos prejuicios de género en la elección de ciertas carreras superiores y también medias cuando lo único que cuenta es la capacidad individual para enfrentarse, con el debido entrenamiento, al cálculo, al plano, al microscopio o a la programación. No hay nada objetivo que impida a las mujeres acceder a las carreras de la órbita STEM, sigla anglo para encapsular la Ciencia, la Tecnología, las Ingenierías y las Matemáticas. Y sigla, por cierto, ligada, según un reciente informe de Randstadt Research con los 1.250.000 empleos que se crearán en España en los cinco próximos años. De ellos, unos 390.000 corresponderán directamente a las profesiones STEM; otros 689.000 estarán relacionados, como puestos de desarrolladores, programadores, asistentes, etc. Y unos 168.000 se generarán de forma indirecta. ¿Hay caladero para tanta demanda? ¿Se puede prescindir de las mujeres? ¿Y qué decir de la formación de nuestros estudiantes? ¿Están, ellos y ellas, preparándose para este futuro inaplazable?

En este tablero cada cual tiene que jugar su partida. En los centros escolares (y en las familias) toca superar unos estereotipos que llevan a las niñas, sobre todo al llegar a la adolescencia, a perder la fe en sus capacidades para la ciencia, por buenas notas que tengan, ante los persistentes clichés de raritas (frikis) que se echan encima si mantienen sus intereses. O porque, a la vista de las dificultades que les esperan en el plano laboral, buscan un escape fácil –y satisfactorio- hacia las ciencias de la salud y otros campos que, como las matemáticas, parecen no tener más horizonte –por muy respetable que sea- que la enseñanza.

En Universidades y Politécnicos han surgido ya iniciativas, promovidas por diferentes instituciones -la Real Academia de Ingeniería, las redes MUIN (Mujeres en informática), o CS4 Women (Computer Science for Women), entre otras- para alentar vocaciones y asesorar a las alumnas durante la carrera para que no abandonen y vean todas sus posibilidades.

A los gobiernos les corresponde alentar campañas, estudios, estímulos, pero es la empresa la que tiene ante sí el papel más importante a la hora de seleccionar, sin sesgo de sexo, buenos perfiles profesionales y crear entornos estimulantes que expriman lo mejor de un talento. No puede ser que se mantenga ese estilo brogrammer, en la jerga informática, -suma de brother, hermano, y programmer, programador), que, por ejemplo, ha alejado a muchas ingenieras de compañías que se hubieran beneficiado de sus aportaciones para emprender otros caminos… y para disuadir a sus hijas de intentarlo.

Estamos ante un problema generalizado en el mundo occidental, y con cifras que andan parejas en unos países y otros: en los años 80/90 el número de mujeres que accedían a las ingenierías en Estados Unidos era de un 30% -lo que parecía un avance esperanzador-, pero hoy ha caído al 13%. Y en Silicon Valley, donde la presencia femenina no era un problema lo ha empezado a ser porque parece que empresas tan informales y modernas repiten patrones que ahuyentan a las mujeres. ¿Se acuerdan de la iniciativa de Appel y Facebook de ofrecer a sus empleadas congelar sus óvulos para que fueran madres en algún futuro? No fue una oferta cínica, sino bienintencionada y de lo más tecnológica, pero significa que las reglas de juego siguen siendo hostiles a las mujeres, como si las áreas tecnológicas o científicas –en unos casos más que en otros- siguieran siendo los cotos masculinos que arrancan de la escuela. Una ironía, porque la flexibilidad y la diversidad parecen más asegurados, aunque sea a golpe de ley, en sectores tradicionales.

Pero estas dificultades no deberían encerrar a las mujeres en su zona de confort, porque todos los sectores pasan hoy por las manos de este mundo STEM, lleno de oportunidades. Claro que hay otras opciones y todas son imprescindibles: se puede ser juez/a o abogado/a, pero los legajos van camino de ser historia y ya se puede prestar declaración por videoconferencia…  De lo que significa la tecnología en la medicina, mejor no hablamos. Hay compositores que escriben sus partituras a mano…, pero muchos bendicen el ordenador y hasta componen con él… Y, por otra parte, las compañías del mundo STEM tienen también un entramado de dirección, proyectos, marketing, etc. que se convierte en una fuente de puestos y roles a lo largo de una carrera.

Estar ahí, donde se transforma el mundo (y donde están los puestos mejor pagados del presente/futuro) debería ser un acicate para las mujeres. En este caso, los escollos innecesarios, los prejuicios y estereotipos no solo pasarán una factura enorme a las profesionales, sino a la sociedad en su conjunto, salvo que no nos importe quedarnos atrás.