• Presentación LIbro Eva Levy
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¡Así va el mundo! Cada vez son más numerosas las palabras que usamos como si su sentido fuese evidente y correspondiesen a realidades que no dejan lugar a la ambigüedad. Sin ninguna duda "sociedad civil" es uno de esos conceptos, tan frecuente ya en nuestro vocabulario y en la mayoría de los casos teñido de un matiz muy positivo.

Todo tema llevado por la sociedad civil es acogido con una simpatía que puede llevar a realizaciones interesantes o a crueles desilusiones. La pregunta que se plantea es: de qué hablamos cuando mencionamos la sociedad civil

Cuando se dice de un personaje público que surge de la sociedad civil, eso significa que no está cargado con todos los estigmas que hacen de los políticos unos delincuentes virtuales (o en ejercicio), aunque en la mayor parte de los casos aquel tenga por ambición ultima integrarse a la tan denostada esfera política. Todo tema llevado por la sociedad civil, o al menos presentado como fruto de ella, es generalmente acogido con una simpatía inmediata que puede llevar a realizaciones interesantes o a crueles desilusiones. La pregunta que jamás se plantea es esta: de qué estamos hablando cuando mencionamos la sociedad civil.

La sociedad española se define como el conjunto de los españoles, las sociedades privadas son agrupaciones de individuos que pretenden llevar a cabo un proyecto particular, para el mayor provecho de quienes las componen. Sí, pero ¿y la sociedad civil? Si se efectuase un sondeo de opinión -que sondeos los hay para todo-, es probable que sociedad civil la definiera como la Sociedad por oposición a la Clase Política, de la cual se dice que, en el mejor de los casos, se olvida de aquella, y más a menudo aún, nos considera a nosotros, los ciudadanos de base, como un rebaño al cual no se debe ni respeto ni consideración.

La paradoja es la siguiente: "Civil" y "Político" significan exactamente la misma cosa, salvo que en el primer caso arranca de una raíz latina, y en el segundo de una raíz griega. El sentido primero de esos dos adjetivos es: "relativo a la ciudad"; es decir, a todos aquellos que la constituyen jurídicamente. Pero mientras la política es un conjunto estructurado, con una constitución y reglas de toda índole, la sociedad civil es un ser proteiforme, cuya definición resulta sumamente difícil. En otros tiempos no tan lejanos, se diferenciaba lo político y lo militar, o lo laico y lo eclesiástico. Hoy en día, la línea de fractura más profunda es aquella que divide lo político y lo civil. La sociedad civil tiene esa ventaja, que de ella se puede decir todo y su contrario. Se queja de los impuestos, pero quiere más infraestructuras. Le apasiona la alteridad, pero cuando se trata de acoger a unos miles de refugiados dice a menudo: "esos no". Aspira a una mayor igualdad entre hombres y mujeres, y presenta numerosas iniciativas para promoverla, pero al descender al detalle de la realidad cotidiana todo ese cambio requiere un tremendo esfuerzo que da resultados escasos. Y no porque los políticos se empeñen en obstaculizar todo aquello que no sale de sus prestigiosos y controvertidos "think tanks". La verdad es que la sociedad civil está en si misma estructurada por diferencias ideológicas, religiosas, políticas etc. La sociedad civil no es solo un fresco manantial de ideas nuevas, rejuvenecedoras de nuestra exhausta sociedad. Es el reflejo de nuestras aspiraciones, es decir, de nuestra energía, de nuestro empuje hacia un porvenir mejor, pero también de nuestras contradicciones, menos visibles que las del mundo político, porque cuando uno no ha accedido a las máximas responsabilidades no se encuentra, como nuestros vapuleados dirigentes, en permanente exposición a los focos de los medios informativos y a los ecos multiplicados de las redes.

Una cosa me parece irrebatible. El mundo actual es demasiado complejo, demasiado versátil para que los responsables políticos pretendan tener el monopolio de la iniciativa cuando se trata de definir la evolución de la sociedad. A partir de aquí se plantea una disyuntiva: o, con la buena voluntad de todos, se crea entre la comunidad de los ciudadanos y el poder una sinergia que no se reduzca a ir a votar de vez en cuando, o vamos hacia la explosión de iniciativas particulares, de ideas tal vez bienintencionadas o claramente ilusorias, de las que nadie puede asegurar que, si triunfan, no acaben provocando un caos social.

El reciente triunfo del republicano Donald Trump es una buena advertencia. Y no basta con revolverse e insultarle. Ha llegado hasta la Casa Blanca tras un largo trayecto, convención a convención, voto a voto, legítimamente. Su discurso no es diferente de otros que resuenan en Europa y no lo ha ocultado durante todo este tiempo. Por si faltara algo, representa a muchos cientos de miles de personas. Millonario o no, se escapa a la definición convencional del político y es un miembro de esa sociedad civil teórica que, como decía en un principio, consideramos superior a la que tradicionalmente ocupa el poder.

Volviendo a la disyuntiva anterior, los ciudadanos tenemos una gran responsabilidad de la que el tiempo en que vivimos y al que nos dirigimos aceleradamente no nos va a permitir escapar. Es una responsabilidad incómoda, porque no nos permitirá tantas críticas facilonas, ni la ignorancia de los problemas que nos rodean. En el caso americano, los más "listos" –las costas Este y Oeste y toda la Ivy League en pleno- parece que ignoraron o prefirieron olvidar lo que hervía en el corazón más vulgar y desgarrado de los Estados Unidos. Ahora no tienen sentido los llantos ni las descalificaciones. Por otra parte, los Estados Unidos han sido con frecuencia el banco de pruebas de muchos cambios sociales y puede ser muy interesante ver cómo gestionan la situación. Con sus luces y sus sombras tienen más pasos dados camino de esa sociedad civil de la que hablamos gracias a sus muchas asociaciones y estructuras para organizarse a pie de calle. Lo que es evidente es que estamos ante el reto de aceptar la complejidad del mundo en que vivimos para encontrar soluciones más acertadas a los problemas y entender con más criterio la gestión de lo público y la importancia de elegir y delegar en los mejores para hacerlo.

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