• Presentación LIbro Eva Levy
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Septiembre | 2013

He pasado unos días en mi Tánger natal para acudir al centenario del Liceo Francés, donde estudié. El pasado es agridulce y ocasiones como estas te enfrentan a balances vitales. Como yo prefiero ver la copa medio llena antes que medio vacía, decidí alegrarme por los reencuentros y los éxitos que sumábamos unos y otros, antes que pasar lista a las ausencias y los fracasos. Me encontré con muchos más antiguos alumnos de lo que esperaba, porque, como dignos hijos de esa ciudad tan cosmopolita como compleja, la vida nos ha repartido por todo el mundo y fue fantástico intercambiar experiencias tan variadas.

La realidad es muy diversa. Tanto como la percepción que tenemos de ella.

Resulta absurdo creer que lo que nos rodea es una certeza inamovible.

Ha sido un buen ejercicio para poner las cosas en perspectiva y constatar que la realidad es muy diversa, tanto como la percepción que tenemos de la misma. Por ello resulta tan absurdo y limitador creer que lo que nos rodea en un momento dado es de una certeza inamovible.

Contagiada la voluntad de relativizar unas cuantas cosas y mirar hacia delante volví para empezar el curso.

No encontré al aterrizar demasiada euforia. Me preocupa más la instalación en el desánimo de tanta gente que los problemas con los que cada cual nos enfrentamos. Veo a mi alrededor iniciativas, esfuerzos, buenas ideas, capacidad para diagnosticar y evitar errores en el futuro. Veo ganas de seguir luchando (suelen llamarlo esperanza), pero todo circula de manera casi clandestina, por pudor de mostrar ánimo frente al poderoso “pensamiento dominante”, que es desolador: no solo está todo está mal, es que nunca lo superaremos.

El juego inteligente que valía ayer, sigue valiendo hoy.

Lo cierto es que la mejoría económica que al parecer apunta en el horizonte no tendrá la virtud de devolvernos al paraíso del que fuimos expulsados en 2007, paraíso, por cierto, que recuerdo con bastante crudeza: ya entonces machacaba a los jóvenes más preparados sin llorar por sus “becariados” eternos, se desanimaba el riesgo, se eliminaba del mercado a esos “viejos” que hoy nos salen tan caros y dificultaba a las jóvenes aportar ese relevo generacional que ahora lamentamos en Europa (y no digamos en España).

Uno de los comentarios “cenizos” que más me molestan es el que profetiza un futuro sin protección de ninguna especie para los trabajadores. Que en estos tiempos de crisis haya miserables aprovechándose de la situación no es de extrañar, por desgracia, pero el único caldo de cultivo de una economía eficaz y creativa, de auténtico valor añadido no se da en políticas empresariales torpes y abusivas. Quienes lo hacían bien antes de la crisis –y la nómina de empresas de ese tipo es notable- tal vez deban de ajustarse el cinturón momentáneamente y aplazar nuevos avances, pero han visto en sus balances lo que implica aprovechar el talento de la gente, algo que difícilmente se consigue con mala planificación, jornadas extenuantes y falta de respeto a las personas.

Cierto, con menos plantilla se reparte entre menos la tarea; cierto, quienes se han lanzado –de grado o a la fuerza- a emprender negocios ven alargarse los horarios (como siempre ha pasado, incluso en los mejores tiempos), pero buscan superar unas circunstancias y asegurarse unos retornos que justificarán su esfuerzo.

Más que nunca, como esa meta por la que luchan los corredores de una maratón, el juego inteligente que valía ayer, vale hoy: los horarios racionales implican jornadas eficaces, tiempo libre que mejora las relaciones familiares (en especial con los hijos), favorece la salud, estimula el consumo (por modesto que sea), los intercambios de ideas y servicios, la creatividad y la confianza.

Nada de esto es, para mí, wishful thinking y buenos deseos… Pero incluso si alguien me lo quiere discutir lo prefiero a interiorizar la falacia de que no hay futuro, ni habrá eso que la OIT llama con tanta sabiduría “trabajo decente”. Eso sí, nos queda un largo trecho.

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