• Presentación LIbro Eva Levy
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Horarios racionales ya. Ese es el lema, o más bien el grito, del Congreso Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles, que se celebrará en Zaragoza los días 5 y 6 de noviembre. Detrás está el incombustible Ignacio Buqueras (ARHOE) y la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles y su Normalización con los demás países de la UE.

Pocas cosas hay más inteligentes y difíciles que estirar las horas para que den de sí todo lo posible. Por eso me ha molestado escuchar comentarios entre burlones y fatalistas sobre cambiar los horarios, especialmente por parte de personas “mediáticas” y “progresistas”, es decir, que se consideran avanzadas y preocupadas por el bienestar social.

Los horarios racionales no nos convierte en aburridos

Reclamar horarios racionales no tiene nada que ver con volvernos aburridos. Es una caricatura tan burda como preguntar qué pasará si todo cierra a las seis de la tarde: pues que habrá policías, médicos, bomberos, técnicos y todos los trabajadores necesarios al pie del cañón, como siempre. Además, aburrirse es prerrogativa de cada uno y habría que medir en la balanza ese posible “peligro” con los reales del estrés, la baja productividad y la reducción del espacio personal.

Lograr la famosa fórmula 8+8+8 (trabajo, tiempo libre, descanso) puede ser difícil en algunos casos, pero no imposible para la mayoría y los resultados se harían notar más pronto que tarde.

Recuerdo un informe del Observatorio efr ( Fundación Másfamilia, Tatum, Fundación Adecco y Análisis e Investigación) de hace un par de años. Ligaba el bienestar de los hijos y sus resultados escolares, que tanto nos preocupan, con una mejor relación con sus padres y al disfrute de tiempo en común. Situaban la tasa de fracaso escolar en la “aburrida” Europa en el 15,4%, mientras que en España eran un 31,4% los chicos que no lograban rematar secundaria. También el contacto con el alcohol, el tabaco y las drogas empieza entre los jóvenes españoles cuando apenas son adolescentes, precocidad vinculable con la falta de tiempo que estimule a los padres a introducir pautas y disciplina.

Los horarios no serán el único factor de los problemas familiares, pero no hay que descartarlo. Sin tiempo, las tareas domésticas son una carga irritante, guisar desaparece bajo los precocinados, también cenar juntos y cualquier actividad extra divertida. Quien llega tarde a casa (padre, madre o ambos) tiene poco tiempo para otra cosa que solucionar problemas a toda prisa (o ignorarlos) y derrumbarse en el sofá –niños incluidos- para distraerse viendo programas que, como ha denunciado ARHOE, terminan pasadas las 23,30 (el 90%) y las 24 h (55%). En cualquier país, esos programas de máxima audiencia se ofrecen a espectadores que llevan ya un tiempo en casa, han terminado sus tareas, incluso han cenado. En nuestro caso, suponen 53 minutos de sueño menos que otros europeos, aunque el despertador sonará a la misma hora que en Bruselas. Las facturas de la falta de sueño en salud y productividad superan con creces las “molestias” que pudiera suponer reajustar los horarios.

No hay criterios objetivos que defiendan nuestro horario

No hay criterios objetivos para defender nuestros horarios. En el estudio del Observatorio, prácticamente todas las empresas consultadas entendían la necesidad de implantar medidas de conciliación por su impacto del 100% en el bienestar emocional de empleados y colaboradores, del 81% en el rendimiento escolar de los hijos, del 64% en la relación con el entorno y del 24% con el bienestar físico.

Me pregunto qué opinarán sobre ello los defensores de nuestros “divertidos” horarios.

Descargar tribuna - Dossier Empresarial