• Presentación LIbro Eva Levy
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Enero | 2014

La moda me persigue últimamente. Hace unos días, durante una reunión con amigas tangerinas, salió a relucir la serie "El tiempo entre costuras", sobre la novela de María Dueñas, que transcurre inicialmente en nuestra ciudad natal. No he podido verla, pero me hizo pensar en modistas y costureras, viejos trabajos femeninos, muy duros, que siguen ocupando a legiones de mujeres en todo el mundo, sobre todo en su vertiente industrial. En el artesanal, por otra parte, coser, hacer punto o incluso bordar ha vuelto a ponerse de máxima actualidad, en parte por necesidad y en parte por hobby.

La historia demuestra que la moda no solo refleja el espíritu de los tiempos, sino que a menudo se adelanta a ellos y nos advierte con los largos de falda y la vuelta o no de las piezas estructuradas, de si nos encaminamos a momentos difíciles o confortables. ¡Tal vez ciertos despachos deberían estar más atentos a las pasarelas que a sus fallidos informes!

La moda refleja el espíritu de los tiempos y se adelanta a ellos

No debe ser ninguna casualidad que el auge de los negocios de compostura de ropa venga de crisis económicas anteriores y haya "reflorecido", casualmente, precediendo a la que ahora padecemos, como si la necesidad instintiva de reformar antes que tirar fuese una advertencia de lo que se avecinaba. Por otro lado, oportunamente, también se ha perdido en España el prejuicio "desarrollista" sobre la ropa de segunda mano –llamémoslo vintage, en su versión más sofisticada-, mientras paralelamente ha ganado terreno el gusto por mezclar prendas de lujo con las más baratas de las cadenas de fast fashion, un sector en el que, por cierto, España se ha convertido en referente mundial. Es más, al mercadillo de toda la vida acuden sin complejos cada vez más mujeres, algo impensable, sobre todo entre las que solían comprar de golpe y a golpe de tarjeta oro todo su vestuario de temporada en alguna elegante tienda multimarca.

La imagen no siempre responde a lo que somos y valemos

Quien se puede permitir la calidad no renuncia a ella, ni debería hacerlo, pero el abanico de opciones se ha abierto y ahora parece cobrar más importancia el estilo que la exhibición. Incluso las grandes marcas tratan de pasar más inadvertidas, huyendo de identificarse con el despilfarro y el peligroso –para su reputación- "bling, bling" con el que no quieren verse relacionadas.

Esta es una lección que nos ofrece la moda, porque no se trata de renunciar a la alegría de vivir y al espíritu de renovación que nos traen ropa y complementos, sino de ser inteligentes en el consumo, creativos, exigentes. Es otro desafío para las mujeres, que tantos frentes abiertos tienen todavía en relación a su imagen y visibilidad, sobre todo en el plano profesional: lo fácil es protegerse detrás de uniformes y marcas, lo complicado es saber quién eres y qué quieres y elegir cómo mostrarlo.

Porque la imagen cuenta mucho y no siempre responde, por exceso o por defecto, a lo que somos y valemos. Es una herramienta más (también de ellos) para competir con éxito, sentirnos seguras y predisponer a los interlocutores. Hace un par de décadas, nos escudábamos en el famoso "traje profesional" (el inevitable dos piezas) si ocupábamos algún cargo o aspirábamos a ello. Hoy, es ya un dato de cambio que no tengamos que equiparar miméticamente nuestro armario al masculino, y si acaso son los hombres los que empiezan a introducir algo de animación a su look de trabajo. En cuanto al vértigo de elegir con acierto, la solución la pone también la moda, que ha creado una especialidad interesante: la del (o la) personal shopper, para quienes no tienen fe suficiente en su criterio estético, ni tiempo para encontrarlo.

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