• Presentación LIbro Eva Levy
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Una palabra gana cada vez más presencia en los medios. No se trata, ni mucho, menos de un neologismo. Es una vieja conocida, de inquietantes antecedentes: la cuota. Para todos aquellos que han aspirado o aspiran a un porvenir mejor, la cuota suele ser motivo de terror, el techo -¡ni siquiera de cristal!- contra el cual vienen a estrellarse sus esperanzas.

En los años que precedieron la Segunda Guerra Mundial, centenares de miles de judíos hubiesen podido sobrevivir si hubiesen obtenido un visado. Pero los países en los que pretendían integrarse le oponían una sola palabra: la cuota. Una vez alcanzado el cupo de la diminuta cuota establecida, se les cerraban las puertas, para no herir los sentimientos más o menos disimuladamente xenófobos y racistas de la población. Países medio despoblados rechazaron por aquello de la cuota a unos inmigrantes bien formados, que hubiesen podido trabajar por el bienestar de todos.

Ahora que, según se dice, vivimos en un mundo globalizado, se hubiese podido pensar que la cuota iba a pasar a la historia. Pero, todo lo contrario, está de actualidad más que nunca. Frente al atroz drama sirio, eurócratas concienzudos se han pasado muchas noches calculando la cuota de inmigrantes que cada país europeo tendría que aceptar. Noches en balde, ya que una vez se definía la cuota definida, se trataba sobre todo de no respetarla. La desoladora imagen del pequeño Aylan, durmiendo su sueño eterno en la orilla de una playa turca, quedará siempre como el símbolo de la despiadada lógica de la cuota cuando un país como Canadá negó el visado a sus padres, aunque tenían familia allí.

Con cuotas se garantiza el derecho de las minorías, pero también se condena a los necesitados.


El problema es mucho más complejo de lo que se podría pensar. La cuota mata, pero también cura. Es cuestión de contexto, de apreciación, de valor también. Cada vez que una sociedad se encuentra enfrentada a una injusticia que no logra superar, la cuota es su arma suprema. Con cuotas se imponen los derechos de las minorías, como se demostró ampliamente en Estados Unidos y permitió la promoción de por lo menos una parte de la población negra. En el mundo occidental, sin la cuota poco se podría hacer para la igualdad de género. Recientemente, la Comunidad Europea decidió imponer una cuota para que la presencia de las mujeres en los Consejos de Administración –siempre dificultada- fuese algo más que homeopática. Entonces, en qué quedamos, ¿la cuota es buena o mala? Ni buena ni mala. La cuota es el símbolo de una contradicción que se encuentra en el corazón mismo del ser humano: la aspiración a la justicia y la aspiración a la permanencia como mantenimiento de lo que existe son a menudo contradictorias, y al ritmo de esas contradicciones, la cuota quita vidas o les ofrece dignidad.

 

VER TRIBUNA - EL ECONOMISTA