• Presentación LIbro Eva Levy
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JUNIO | 2013

He leído el famoso “informe sobre las pensiones(1), elaborado por un comité de expertos y recibido con demasiadas críticas. Pero el papel es un punto de partida riguroso para un debate en el que no caben las emociones ni el integrismo político. Es mucho lo que hay en juego y las previsiones se hacen a partir de datos que pueden cambiar, aunque eso no despeja las dudas sobre lo que debería ser la jubilación en este siglo.

El informe –y eso me gusta- reclama transparencia a las autoridades, de forma que cada ciudadano sepa a qué atenerse en algo tan vital, sin confundirle con lenguajes barrocos y cálculos de matemática avanzada. Yo hubiese llamado a otros sectores en esa labor de claridad: partidos, sindicatos, medios y a tantas asociaciones en condiciones de influir sobre un público tratado a menudo como menor de edad o simple pagano de la fiesta.

Esta crisis, grave pero no tan terrible como otras que ha conocido Europa, nos recuerda que nada se puede dar por supuesto y que hay que buscar nuevas soluciones para nuevos tiempo. Por eso irrita escuchar más diatribas que propuestas, aunque quejarse es más confortable que arriesgar salidas.

Yo voy a barrer para casa, es decir, a favor de las mujeres, porque este Informe se ha leído en clave “de género”, al plantear la llamada solidaridad intergeneracional y ligar el monto de la pensión a la esperanza de vida.

Sí, somos más longevas y cualquier recorte nos afectaría. Sin embargo, no necesitamos el futuro para enfrentarnos con unas pensiones ya menguadas cuando no testimoniales. ¡Y no veo que reaccionemos!

A menudo insisto en la importancia de aprovechar el talento femenino. Lo agradecería la sociedad, pero sobre todo esa hucha de la que todos dependemos. Claro que no basta con trabajar: hay que romper con la inercia que lleva a empleos peores/sueldos inferiores. De ahí la necesidad de ser exigentes, estratégicas, y, sobre todo, de apoyarnos entre nosotras porque pagamos cara nuestra posición precaria. Nosotras y todos: el desierto demográfico no es fruto de la casualidad.

Hay que romper con la inercia de empleos peores / sueldos inferiores

Las españolas sufrimos la tasa de paro más alta de Europa, con más del 20,5% (del 25/30 general en España). Y dentro del 55% de paro juvenil, las jóvenes representan más de la mitad de la cifra. Hay, además, unos 5.300.000 de mujeres en el cuidado informal (no remunerado, luego sin “paga” futura) de niños y personas dependientes.

La brecha salarial, las jornadas reducidas, las pausas laborales por razones familiares equivalen a que solo un 45% de las mujeres (frente al 80% de los hombres) disfrute de una pensión máxima en su nivel. Mal asunto: la pensión media femenina es un 40% inferior a la media de la masculina.

En 2010, solo un 1,42% de las mujeres percibieron la máxima (más de 2.000 euros), frente al 8,38% de los hombres. El 80% tiene pensiones inferiores a 700 euros. En este grupo, un 37,70% cobra menos de 500 euros. En paralelo, el 30% de los hombres reciben entre los 700 y los 1.100 euros, seguido de un 27,30 que percibe entre 500 y 700.

Nostras arriesgamos más que nadie, pero abrumadas o resignadas, no pensamos en ello. Ni siquiera ahorramos como los hombres, incluso en las mismas circunstancias mileuristas. Toda nuestra capacidad gestora en la esfera doméstica y profesional se difumina cuando se trata de cuidar de nosotras mismas.

Ahora los expertos nos han puesto un papel sobre la mesa y nos recuerdan que el mañana no se improvisa. De poco sirve descalificarles. La factura se pasará al cobro cuando ya no podamos defendernos.

(1) Informe del Comité de Expertos sobre el factor de sostenibilidad del Sistema Público de Pensiones.

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