• Presentación LIbro Eva Levy
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Más que su formato, me inquieta que la familia sea una de esas realidades esenciales que damos por supuestas (como la libertad y los derechos civiles: peligroso espejismo europeo a la vista de recientes acontecimientos), y cuyos problemas y amenazas quedan recluidos tras las puertas acorazadas de los hogares, solo dignos de atención social en los casos más televisivamente dramáticos. Sabemos, sí, que de las familias depende el aprendizaje en los afectos, en los valores fundamentales y en las pautas más básicas de la vida. Pero parecemos dar por hecho que esas familias se las arreglarán, de manera mágica, para sortear todos los obstáculos y cumplir con su rol, no importa lo desorientadas o vulnerables que se sientan.

Así que el panorama no es tan rosa. Aunque hay países que están reaccionando, Europa afronta un invierno demográfico que habla de una visión de la familia menos idílica. En ese invierno, destaca España, con una tasa de nacimientos por debajo de la necesaria para el reemplazo generacional (en paralelo, otro récord: somos el país de la UE donde más se ha incrementado el aborto en mujeres adultas en los últimos 20 años). Por otra parte, se podrán ignorar criterios religiosos, pero la destrucción de los hogares es indeseable se crea en lo que se crea. Y las rupturas familiares se han convertido en una tónica europea, de consecuencias sombrías para la educación de los hijos y más cuando se traducen en hogares mono parentales con pocos o nulos ingresos. 4 de cada 10 matrimonios no resiste 10 años y 1 de cada 7 no supera los 5. En el conjunto de la UE, la nupcialidad clásica ha caído de forma llamativa y España también lidera aquí las peores cifras (3,4 matrimonios por 1.000 habitantes) solo seguida por Luxemburgo, Eslovaquia, Portugal y Bulgaria. Con todo, nuestro nivel de separaciones es sorprendente: en veinte años (1992/2012) ha crecido un 226%.

Es difícil hablar de causas y efectos, pero no ayudará mucho a la estabilidad familiar que ocupemos el cuarto puesto de la UE en hogares en los que ningún adulto trabaja (en el conjunto de la UE hablamos de 31 millones de familias, un 15% del total. En España, del 20% de unos 18 millones de hogares). El reconocimiento de derechos, las ayudas directas e indirectas, la fiscalidad van en Europa por países y España no es de los más generosos. Ocupamos el penúltimo puesto en lo que se refiere a la apuesta gubernamental por la familia, por delante de Letonia. Si Dinamarca, por ejemplo, dedica el 4,1 de su gasto social a la familia, nosotros nos limitamos al 1,4.

Por eso resultan algo hipócritas las voces –sobre todo políticas- que alaban el papel de las familias en general, y en esta crisis en particular. Claro que están teniendo un comportamiento extraordinario a la hora de hacerse cargo de los miembros en peor situación, pero aún no conocemos el balance post crisis. ¿Cuántas familias quedarán destrozadas por el paro crónico, la incertidumbre y la inseguridad? ¿Qué pasará con aquellas cuyos miembros no tengan preparación (ni edad) para subirse a la ola de la recuperación? ¿Y los viejos? Es mi obsesión. ¿Qué será de ellos después de haber agotado sus recursos y su tranquilidad en lo que pensaban que sería una etapa serena? ¿Alguien les compensará? Más que alabanzas urgen propuestas concretas para hacer frente a todos estos estragos.

Hay quien sostiene que la familia española quedó rezagada en relación a Europa (donde también hay mucho que mejorar) durante la Transición, ya que cualquier gesto de apoyo se conectaba con el respaldo ideológico que merecía en el régimen anterior. La legislación ha tratado de evitar los tics paternalistas con normas que aseguren ciertos derechos en las empresas, en el acceso a ventajas, etc. Pero los resultados están por debajo de las necesidades reales y aquí vale la pena incluir desde las puras prestaciones familiares al siempre aplazado cambio de horarios.

Cuando se cierre el ciclo de esta terrible crisis, nos espera a todos una etapa de rasgos desconocidos: Otras formas de trabajo, que exigirán empleabilidad constantemente renovada, ingresos menos regulares, lo que influirá en la manera de gastar y hasta en la fiscalidad de la que se beneficia el Estado. Soy optimista a medio plazo, pero dudo que las familias puedan enfrentarse solas a los nuevos escenarios.

Y sin embargo, esta es la hora en que ningún país pone el tema de la familia sobre la mesa. No deja de ser curioso (1) que la Unión, tan dada a la creación de Comisiones para cualquier cosa no tenga ni una sola dedicada a las políticas familiares y que de los 136 Libros Verdes que ha emitido la UE desde 1984 tampoco haya habido ninguno dedicado a estos asuntos tan cruciales.

(1)Evolución de la Familia en Europa 2014. Instituto de Política Familiar. www.ipfe.org

 Ver Tribuna - El Economista