• Presentación LIbro Eva Levy
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Uno de los tópicos actuales más frecuentes afirma que estamos saturados de información. Y es verdad que cualquier tiroteo en un remoto lugar se nos comunica en tiempo real. Igual pasa con las desavenencias sentimentales de la figura rosa de turno. Pero esa obsesión por no perderse el último acontecimiento nos oculta evoluciones más profundas, que transforman nuestra sociedad sin que nosotros, que tenemos ojos pero que a menudo no vemos, seamos conscientes de ello.

En los pueblos, en los parques, en las calles de nuestras ciudades, grandes o pequeñas, caminando de su paso tan particular, se las reconocía enseguida. Las viudas, las viudas de siempre, las Bernarda Alba en el peor de los casos, idénticas a sus hermanas de Italia o de Portugal, vestidas de riguroso luto, es decir, de un negro tan negro como el de las tétricas burkas. Con sus medias negras, su traje negro, sus zapatillas negras, su pañuelo negro y su mirada apagada, a menudo apoyándose sobre el brazo de una hija o de una hermana. Las veuves joyeuses eran para los franceses y afrancesados. Claro que todas las que iban de negro no eran viudas, pero ellas representaban la cohorte más numerosa de aquella dolorida legión.

Nadie parece preocuparse de tan extraño fenómeno, y aún menos de preservar semejante tradición, en una época en la que se construyen museos de todo lo que podía considerarse como una peculiaridad cultural

Pero en muy pocos años parece que aquellas viudas han desaparecido del paisaje, especialmente urbano, y si algunas quedan están en vía de extinción.
Nadie parece preocuparse de tan extraño fenómeno, y aún menos de preservar semejante tradición, en una época en la que se construyen museos -o se construían antes de la crisisde todo lo que podía considerarse como una peculiaridad cultural. Razones de ese declive de las viudas enlutadas hay muchas, declive que promete acelerarse en el futuro.

Para ser viuda, hay que haber estado casada, lo que parece lógico, pero precisamente el casamiento se hace hoy en día más difícil, ya que jurar una fidelidad más o menos eterna en un tiempo donde impera la dictadura de lo inmediato es demostrar un heroísmo al cual no todo el mundo se arriesga. Se unen así las que pasaron por iglesias y juzgados y las que optaron por otras fórmulas que las equiparan a las primeras -porque, si decidieron ir por libre quedan fuera de juego-. Sea cual sea su estatus, la naturaleza, por una vez algo menos sexista, ha querido que las mujeres vivan generalmente unos años más que sus maridos. Privilegio con sus contrapartidas: un viudo por cada cuatro viudas -sobre una población de unos 2.350 millones-. Son cifras estadísticas porque, en la calle, como decía, no las vemos: adiós al negro por el negro, que es un color que resiste mal la poca calidad del tejido, si la pensión no es alta. Nos rodea un estallido de colores y la petite robe noire es ahora cosa de jóvenes. Además, a la presión social que obligaba a la viuda a ser solo viuda, se han impuesto otras formas más generosas de enfocar la realidad: la pena auténtica no tiene porqué exhibirse, descubrir nuevas experiencias no significa el olvido de las que anteriormente se vivieron, rehacer su vida no es traicionar al difunto, sino afirmar una forma de superioridad de la vida sobre la muerte. Generosidad de estos tiempos, decía, pero según y cómo, sobre todo si descendemos a la letra pequeña.

 

Last but not least, vivimos en un país donde el amparo económico del Estado a las viudas es mínimo. Se puede soñar en lo que sucede en algún otro país europeo donde la viuda recibe cada mes la mitad de la pensión que hubiese recibido su esposo si aún estuviese en vida, pero aquí no existe esa generosidad, que en realidad es justicia, puesto que él también cotizó con ese objetivo. Si la mujer renunció a trabajar por encargarse de la casa, descubrirá el precio de ese gesto y cómo no se tiene en cuenta aquello que ella aportó al facilitar el trabajo de su marido y ahorrar dispendios a la Administración atendiendo niños y a menudo dependientes. Si, también por atender a la familia, aceptó trabajos de media jornada tendrá una situación algo mejor, pero igualmente precaria.

Porque la pensión media de la viuda española -media: es decir, las hay menores, aunque también mayores en menos casos- es de 623 euros. Ellos, si su esposa trabajaba, suelen salir también ganando -aunque no se alegren de tal gananciaporque añaden a sus salarios o en su momento a sus pensiones lo que ellas cotizaron. Así las cosas, las viudas suelen ver reducidos sus ingresos al menos en un 44 por ciento y ellos los ven incrementados en un 45 por ciento.

Hablo, por cierto, a partir de mi propia experiencia, más confortable que la de la media. Por eso sé que la viuda, con un sueldo menos en casa, con la carrera de los hijos por costear o con la necesidad de ayudar a quien está en el paro, en realidad trabaja por dos.

Yo siempre busco la verdad de las cosas en el origen de las palabras. Viduus en latín significa no sólo a quien ha perdido a su esposo(a), sino también a quien está a falta de algo. Y allí está la paradoja. Mientras cambia radicalmente la figura de la viuda, crece la viudez, es decir el sentimiento de soledad en una sociedad cada día más dura, la angustia de no ser reconocido(a), la falta de comunicación auténtica, el ansia por la justicia, al menos por una menor injusticia. Y esa viudez me parece que tiene para largo.

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