• Presentación LIbro Eva Levy
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Supongo que muchos utilizamos el verano para replantearnos cosas, a la vista de cómo ha transcurrido el curso. Yo me voy con un propósito firme: huir de los estereotipos en los que inevitablemente incurro en la lucha por la promoción profesional de las mujeres. Digo inevitable, porque utilizarlos facilita los mensajes, al ser de uso común, y la comprensión de aquello por lo que, aparentemente, vale la pena sacrificar el matiz o la pulcritud de los términos. Un error.

Cuando defiendo el derecho de las mujeres a ciertos puestos se que saco el rotulador de punta gruesa para subrayar en bloque la capacidad de liderazgo femenino, estereotipadamente más empático, menos jerárquico, más cooperador y ético. Y eso es porque enfrente, mis interlocutores, tienen otra visión estereotipada de las posibles directivas como muy trabajadoras, pero también muy "madres", demasiado puntillosas, poco arriesgadas... En resumidas cuentas, solo aptas para la segunda línea. Por otra parte, cuando hablo con mujeres de currículos impecables, pero con los que no han ido muy lejos, observo cómo se autolimitan, hasta qué punto han comprado las etiquetas del sacrificio y del desinterés por el poder, el dinero y el estatus o, incluso, cómo juzgan a aquellas que rompen esas reglas.

Historia y cultura nos han hecho potenciar algunas características, que hoy resultan muy oportunas y útiles. El hecho de que llevemos masivamente en el mundo laboral reglado desde hace unas décadas nos convierte en detonantes de nuevos puntos de vista y de cambios, que afectan tanto a hombres como a mujeres, y que deberían haber generado ya más transformaciones beneficiosas para todos. Pero la fuerza de los estereotipos hace que la sociedad haya evolucionado solo de manera parcial y no muy favorable a nuestros intereses. La famosa doble jornada, el castigo de los horarios ineficaces, la responsabilidad con los dependientes lo demuestran. Medio siglo largo después de nuestro acceso al trabajo el enfoque de los roles debería ser otro.

Recientemente, Brigitte Grésy, Inspectora General de Asuntos Sociales de Francia y gran experta en asuntos de igualdad, ha escrito un nuevo ensayo (La vie en rose. Pour découdre avec les stéréotypes. Albin Michel. 2014), sobre cómo el desarrollo de nuestras capacidades y hasta de nuestra felicidad, se ven constreñidas por ese corsé de clichés que son los estereotipos. Asfixia a hombres y mujeres, aunque ellas pagan la factura con doble o triple IVA.

El estereotipo es una suma de prejuicio y generalización, más o menos letal. Lo peor de los prejuicios es la dificultad de su reconocimiento, sobre todo si encajan con los imperantes en el entorno. Tal vez al elaborarse el estereotipo hay ya alguna conciencia (o conciencia plena) del error de partida, pero resulta cómodo porque supone una simplificación que nos permite opinar o decidir sobre la marcha. Digamos que una sociedad se pone de acuerdo, consciente o inconscientemente, en mantener como verdadero algo que no es del todo cierto, o nada cierto, pero ayuda a etiquetar y encajar a cada cual en su estantería. Mala suerte si el zapato no es de tu horma.

En plena era del eufemismo y de lo políticamente correcto, pienso que las mujeres estamos ya en situación de poner las cartas sobre la mesa y romper con ese etiquetado que perpetúa situaciones absurdas. Incluso los estereotipos "positivos" al final se vuelven en contra porque no todas las mujeres se adaptan a ellos, lo que les ocasiona inseguridad y malestar. Por otra parte, también explica reticencias a la hora de apoyar nuestras aspiraciones por quienes consideran tan irritantes y falsas las nuevas místicas de la feminidad, como las anteriores. Por ejemplo, son muchos los hombres que hoy valoran entusiastas el estilo de liderazgo o de negociación de las mujeres, su eficacia en según qué puestos, pero, como recuerda Grésy, ya no se muestran tan comprensivos cuando en vez de exhibir cualidades "femeninas", se muestran duras, tenaces o poco emocionales para desbancarles en la competencia por los mismos puestos.

Lo enriquecedor es abrir el punto de mira y valorar lo que cada persona aporta, sus características, su talento: ese talento tan imprescindible para hacer frente al futuro. Las mujeres solemos bromear por ser capaces de hacer más de una cosa a la vez y es un buen reclamo para ciertos puestos multitarea, pero, como bien dice Grésy: "la inteligencia racional, emocional y relacional puede movilizarse en ambos sexos. La intuición no es una cualidad de las mujeres; es una forma de inteligencia, desarrollada especialmente entre los oprimidos; la polivalencia no es tampoco característica de las mujeres, sino de las personas sobrecargadas de trabajo. El gusto por el poder, no es propio de los hombres, lo es de las personas programadas para mandar".

El pleno reconocimiento de la igualdad es reciente. El siglo XX alumbró leyes para dar forma a esa equiparación, pero no supo desmontar radicalmente los estereotipos. De hecho, aunque sea anecdótico, también creó algo de enorme influencia: el código del azul y el rosa para identificar a niños y niñas (en tiempos anteriores nada les distinguía en la primera infancia). Grésy le da mucha importancia a este hecho, porque en las cestitas azul y rosa aún entran de manera inocente todos los estereotipos que marcarán lo que vendrá después. Y la forma de combatirlo no es, como se hace en algunas guarderías suecas, fingir que niños y niñas son lo mismo, sino animar a que desarrollen todo su potencial, al margen de su sexo. Habrá niñas que se suban a lo que encuentren y niños que jueguen con sus muñecos y aceptar eso, sin más connotaciones, es eliminar una fuente de etiquetas injustas.

Anima Brigitte Grésy a la firma de un nuevo "contrato social" donde se tengan claros las prioridades de cada momento, los espacios personales y profesionales, la multiplicidad de papeles que ejercemos, "productivos, familiares, amorosos, amistosos, políticos, sociales, sin la especialización estanca de otros tiempos". La realidad no puede estar condicionada por los estereotipos, ni generar a su vez estereotipos. Recuerdo los ataques a una política española cuando, acabando de dar a luz, dejó a su bebé con su marido para hacerse cargo de su puesto en el gobierno. Al parecer, una buena madre tiene que sacrificar, sin necesidad objetiva, aquello por lo que ha luchado solo porque lo mandan los cánones. En aquel caso salieron en tromba muchas rivales políticas en su defensa. Pero la batalla contra los estereotipos todavía está por ganar.