• Presentación LIbro Eva Levy
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Junio | 2014

Veo cifras estimulantes sobre el empleo en España. Que se confirmen y se tripliquen. De las crisis siempre se sale, aunque hay formas y formas. La peor es imaginar que bastará con unos ajustes (a la baja) para ponerse al día. Hay mucho que pensar sobre el futuro, pero no encuentro demasiadas reflexiones sobre los retos que nos esperan. Con nuestra pobre demografía y la penuria de titulados (dos males europeos) aprovechar todo el talento disponible tendría que obsesionar a patronales, sindicatos, instancias económicas y académicas. No lo parece.

Buena parte de ese talento está en la diversidad, que sortea la empresa sin mucha orientación, sobre todo en el caso de las pymes. La empresa necesita adaptarse continuamente al cambio para sobrevivir, pero se le exige además ser un banco de pruebas exitoso de la transformación de la sociedad y gestionar sus complejas demandas. El legislador le impone el juego, los gobiernos le ofrecen algunos señuelos, pero a la empresa le falta acompañamiento y estímulo para entender que la diversidad, bien manejada, es muy buena para el negocio. A menudo solo ve los problemas que le genera en un primer momento.

Hasta hace muy poco, la norma era crear una cultura empresarial homogénea que facilitara la dirección y unos resultados previsibles. Conseguir esa personalidad y replicarla en cualquier país era el objetivo de las firmas con vocación internacional, pero también en las de desarrollo local. Todo se ajustaba a esa norma. Pero la sociedad ha cambiado y la globalización no tiene marcha atrás. Hoy se trabaja para mercados movedizos y consumidores segmentados. La homogeneidad absoluta y el pensamiento único son un lastre. Y no basta con maquillarse: realmente hay que integrar enfoques distintos en el seno de la compañía para actuar con agilidad y acierto.

Diversidad significa variedad, diferencia, abundancia de elementos, aunque el diccionario no lo refiera a las personas. Suena, y con razón, a riqueza. Hay una diversidad que traen la emigración y el expatriado, el turismo y la moda multiplicando su eco a través de los medios de comunicación. Implica costumbres, valores, prácticas culturales y religiosas a tener en cuenta. Pero hay otros diversos menos coloristas que han estado siempre ahí y que influyen cada vez más. Hablamos de minorías como las mujeres (no importa que seamos la mitad de la población, no es así como se nos percibe); las nuevas familias (mono parentales, de suma y sigue, los llamados singles), los homosexuales y trans que han declarado su condición; y los enfermos y discapacitados, preparados para la actividad laboral. Y están los viejos, masacrados en las dos últimas décadas en nombre de un management ávido de juventud y del afán cortoplacista de reducir gastos, aunque trajese más ruina. Para la medicina de los años 20 se era anciano a los 50, pero ahora se aleja la vejez veinte y hasta treinta años. En una sociedad virada al gris, ¿de verdad no es integrable tanto talento despilfarrado?

Aceptar la diversidad implica un gran esfuerzo de arriba abajo. Implica un estilo de gestión adaptativo, abierto, hábil para la suma de experiencias, competencias y posibilidades de unos grupos humanos que, por otra parte, no siempre trabajan en el mismo lugar ni en el mismo huso horario. Porque ese es otro clásico actual, el paso de ser empresa nacional a multinacional, o el enfrentarse a fusiones y absorciones por parte a veces de grupos lejanísimos. Como puede comprobarse allí donde se gestiona bien, la diversidad suma ideas, creatividad, lealtad y oportunidades de negocio entre públicos que se reconocen en esa empresa moderna y digna de su confianza.

Insisto en que no es fácil. Modificar puntos de vista y pautas de trabajo, si es preciso, para detectar buenos perfiles profesionales allí donde broten y retenerlos no parece, como decía antes, la prioridad de las asociaciones sectoriales o de las estructuras académicas. Es decir, que otra vez las empresas, en cuanto se aleje la crisis, se encontrarán bastante solas a la hora de enfrentarse a la diversidad. Sin embargo, aun a costa de cometer algún error, les compensaría abandonar los caminos trillados y los prejuicios porque lo que está probado es que las mejores ideas crecen en los ambientes humanos abiertos e inclusivos.

Ver Tribuna - El Economista