• Presentación LIbro Eva Levy
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Tradicionalmente evito utilizar el calificativo "natural" a la hora de valorar comportamientos o personas. No en vano, tras el uso de dicha palabra o de su antónimo, se han escondido presuntas justificaciones para la discriminación, el odio y en general el juicio, en mi opinión, indebidos. Así pues y a título de ejemplo, tal o cual persona podía ser apartada de la sociedad por ser su sexualidad "antinatural" o se restringían las libertades de las mujeres por ser "natural" que ocuparan un escalafón inferior en la sociedad.

Parece no compartir el mundo actual este resquemor, puesto que nos hayamos en una vorágine donde lo "natural" es omnipresente sin verse el término despojado de su característica opacidad dada a ocultar, valga la paradoja, la verdadera naturaleza de las cosas, por lo menos desde mi humilde punto vista.

Del mismo modo en que tradicionalmente se han confundido conceptos biológicos y teológicos a la hora de definir al hombre, en la actualidad se recurre a menudo a una visión de la naturaleza que incorpora aspectos aparentemente científicos con otros que pertenecen al imaginario colectivo y que poco tienen que ver con la realidad.

Un ejemplo flagrante de este fenómeno está en la alimentación. Se multiplican hasta la saciedad etiquetas con el "100% natural" o el "hecho exclusivamente a partir de elementos naturales" que realmente quieren decir poco, pero evocan mucho en las mentes soñadoras de los urbanitas modernos. Estos eslóganes nos conducen a una idea bucólica y pastoril de la naturaleza sin aportar ninguna información tangible. Nada más natural que las setas que crecen en los bosques. Y sin embargo un bocado de algunas puede ser letal. Por tanto ¿qué quiere decir el adjetivo "natural" aplicado a los alimentos? ¿Tal vez que no han sido procesados, obviando evidentemente el hecho de cocinarlos que, eso claro está, es natural? ¿Tal vez que los alimentos son hoy tal y como eran antes de la aparición de la agricultura, tal y como eran originalmente en la naturaleza? Posiblemente se refieran a que las materias primas no se han tratado con productos químicos externos que mancillarían lo naturalmente puro. Qué quieren que les diga, a mi el salmón ahumado me encanta y tampoco mantiene la pureza del sushi, pero no veo que hay de malo en ello. No quiero caer en la caricatura, pero aunque todos somos conscientes de que la alimentación industrial puede plantear muchas dudas y peligros para la salud, hay que ser precisos en el ataque y se hace un flaco servicio a los controles adecuados cuando se recurre a formulaciones poéticas sin analizar la problemática con rigor.

Otro punto candente es el del culto al cuerpo. Pese al aparente amor por lo natural y saludable, asistimos a la contradicción de que sectores cada vez más amplios de la sociedad son víctima de la obesidad, mientras que otros pasan horas en los gimnasios persiguiendo una idea de cuerpo perfecto. Las clínicas de estética y centros de belleza hacen su agosto ofreciendo todo tipos de servicio de chapa y pintura para darnos aquello que la naturaleza nos racaneó o para quitarnos lo que el tiempo nos dio de más. No conformes con retocarnos el cuerpo en la realidad, somos testigos de cómo las fotos de las revista se retocan y trucan para perfilar rasgos imposibles, de cómo la gente es incapaz de subir un selfie sin usar filtros para mejorar su apariencia, de cómo el maquillaje sigue siendo pan de cada día para la mayoría de mujeres y de cómo cremas y ungüentos varios seducen a cada vez más hombres. En definitiva, decimos amar lo natural, pero desde luego, no soportamos mirar nuestros cuerpos en el espejo a medida que pasa el tiempo. Aunque, eso sí, la crema antiarrugas que sea a base de leche de coco orgánico, por favor.

Finalmente y sin querer extenderme más allá de lo debido, me gustaría recalcar la mayor de las contradicciones, que se refiere al tema de la edad.

Frente a una población con una esperanza de vida cada vez más prolongada son muchos los que ven con buenos ojos, como lo más natural incluso, que la edad de jubilación se extienda más allá de los 65 años actuales. Esto, a priori, no tendría por qué generar demasiado conflicto, pero sin embargo presenciamos desde hace mucho tiempo, tanto quizá como la moda de lo natural, de qué forma las empresas prejubilan a muchos de sus empleados -en el mejor de los casos- o simplemente desechan a los más veteranos sin miramientos, en la mayoría de las ocasiones.

No se toman estas medidas sin argumentos. Sostienen que en un mundo global cada vez más competitivo, en el que los márgenes de beneficio se estrechan y el uso de la tecnología es esencial, no tienen cabida los altos sueldos y los beneficios de una fuerza de trabajo envejecida y a menudo ajena a los cambios tecnológicos. Parece entonces natural una ecuación imposible: por una parte que los mayores trabajen más años y a su vez que sean sustituidos por jóvenes más globales y adeptos de la tecnología. No creo ser la única que ve en esto una contradicción y un problema que exige una resolución urgente en un país como el nuestro, envejecido, pero no por ello senil.

Vivimos en un mundo lleno de paradojas y contradicciones, las vivimos con sorprendente naturalidad tal vez porque de otro modo sería muy difícil afrontar el día a día, pero lo verdaderamente enriquecedor y natural sería analizar los problemas en detalle, abrazar las exigencias de la diversidad (somos altos, bajos, jóvenes, viejos, hombres mujeres...) y encontrar así respuestas pragmáticas y eficaces. Esconderse detrás de palabras vagas y visiones imprecisas no nos conducirá a un lugar mejor, sino a una maraña de legislaciones contradictorias, aspiraciones frustradas y desconocimiento de lo que realmente somos. El filósofo francés Montaigne comparaba la naturaleza a una madre bondadosa. Hay que añadir que a veces la madre se transforma –la transformamos- en madrastra...

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