• Presentación LIbro Eva Levy
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Iba a titular este artículo como Abuela Globalizada, por una broma del directivo Luis Arias (IESE) cuando supo que tenía a mis tres hijos fuera de España (cada uno en un continente, yo no me privo de nada) y que me había convertido en una abuela internacional. Globalizada, corrigió él, y me parece una buena precisión.

Luego pensé que era un poco egoísta, porque no soy la única abuela en esas circunstancias. Pertenezco a un club muy de nuestro tiempo, en el que ingresamos los padres el día que empujamos a nuestros hijos a prepararse todo lo posible. Pronto comprendimos que tal vez harían parte de su carrera –o toda- lejos de casa. O que incluso si no tenían que abandonar el país vivirán bajo otras reglas marcadas por el trabajo de la pareja, los cambios continuos y un borrado (digital) de fronteras como nunca ha sucedido antes.

En los últimos años he tenido que escribir –o hablar- de los expatriados. Trabajar en otro país tiene aspectos buenos y no tan buenos. Entre lo positivo figura la gran cualificación de nuestros profesionales para moverse en el mundo, para ser atractivos por sus capacidades (algo que debería alertarnos, por cierto, porque la disputa por el talento es ya un hecho). También por lo que implica de inmersión en un mundo diverso, auténticamente globalizado, y donde la economía es el primer exponente de ese hecho, aunque no el único. Poco enriquece más que ejercer tu carrera en otros horizontes, aportar, aprender y, cuando vuelves a casa, traer contigo experiencias, contactos, apertura de mente, que no solo te beneficia a ti, sino al entorno.

No me olvido de los que se ven obligados, en el peor de los sentidos, a esa expatriación. Ingenuos de nosotros, después de muchos años de bonanza y de desarrollo económico habíamos pensado que la emigración de la cual hemos oído hablar o que la familia había conocido era un capítulo del pasado. Era de la España de la posguerra y la salida la motivaba literalmente el hambre. Ahora es de otro tipo, mejor formada, más aspiracional y también motivada por el paro juvenil.

No me olvido de los que se ven obligados a esa expatriación. Ingenuos de nosotros, después de años de bonanza habíamos pensado que la emigración de la cual hemos oído hablar o que la familia había conocido era un capítulo pasado.

En cualquier caso, hay un precio a pagar en esta realidad cosmopolita a que estamos abocados: la vida familiar. Somos una sociedad mediterránea, con fuertes lazos entre los parientes y donde suelen darse demasiadas cosas por supuestas. Gracias a esos lazos se han salvado muchas familias en esta crisis, gracias a esos lazos trabajan muchas mujeres y se mantienen a salvo muchos dependientes, pero, como digo, damos muchas cosas (empezando por el Estado) por supuestas y seguras.

Más que ser madre a distancia, ser abuela ausente me ha hecho pensar mucho. Como profesional, entiendo aunque me duela la carrera de mis hijos, pero con los nietos la cosa cambia. Si un niño enferma en la otra parte del mundo, si algo sucede, qué sentimiento de impotencia tan grande.

Hace tiempo leí un estudio sobre cómo influye en las familias de emigrantes (y diplomáticos, a los que hoy sumaríamos los expatriados), la ruptura con sus raíces. Si el núcleo familiar se desplaza unido se crea un pequeño fortín: no hay nadie fuera con quien contar, las relaciones con el entorno pueden ser cordiales, pero se viven como fugaces, cambia el tono de los sentimientos, la implicación que te permites, y quienes quedaron atrás son un recuerdo querido, pero ya no un recurso material o emocional. Es peor el caso de quienes lo dejan todo atrás: de eso saben mucho tantas mujeres emigrantes que vinieron a España solas. Por mucho que se mantenga el contacto, las relaciones se complican. Es inevitable. Por supuesto que no comparo a un diplomático ni a un ejecutivo con un emigrante económico.

En la encrucijada de cambios actual –la expatriación es solo un aspecto- toca reinventarse la familia para que siga siendo el núcleo de fuerza y solidaridad que nos ancla y humaniza. Los que tenemos cierta perspectiva debemos hacer un esfuerzo mayor por hacernos presentes en las vidas de quienes se han marchado, en especial de los niños para los que, de otro modo, puedes convertirte en un perfecto aunque amable desconocido. Hay otro aspecto a valorar y es la soledad de quien se queda atrás mientras se encamina a la vejez. Desde un punto de vista psicológico lo tiene más difícil que el ausente, entretenido en su batalla por el futuro. Para el que se queda todo parece igual, pero ya no puede esperar cosas con las que inconscientemente contaba. Sí, está solo.

La familia sigue siendo la gran ignorada en los cambios. Me llama la atención que se hable de cómo la crisis ha afectado a las capas más débiles de la sociedad –todo un tópico ya- y no se especifique nunca que esas capas las forman miles de abuelos, sobrecargados de responsabilidades o completamente solos en su momento más vulnerable.

La familia sigue siendo la gran ignorada en los cambios. Me llama la atención que se hable de cómo la crisis ha afectado a las 'capas más débiles de la sociedad' y no se especifique nunca que esas capas las forman miles de abuelos.

Ojalá recuperásemos pronto la figura de los abuelos como lujo: ese abuelo/a en condiciones de echar una mano (solo una, por favor), de representar la memoria familiar, la experiencia, de malcriar al nieto (y acompañarle en su crecer, con la complicidad libre que no pueden ofrecer los padres) y también de disfrutar de la vida –si se le permite-. Y digo lujo, no ya por la crisis, sino porque con la maternidades tan tardías no sé si además de globales los abuelos futuros no deberán ser también biónicos.

Sé que pertenezco al grupo de las abuelas/os más afortunadas. Puedo ayudar a mis hijos, pero no es imprescindible y visito algunas veces a mis nietos. Y cuento con Skype, esa herramienta que ha convertido en casi nativos digitales a muchos mayores de todas las clases ajenos a las tecnologías. Qué gran avance. Ahora, al menos, a un lado y otro de la pantalla la vida sigue, ves crecer a los niños, te cuentan sus cosas –por ahora, solo habla uno de mis tres nietos-, discutes con sus padres –si viene al caso- y celebras cumpleaños. No es lo mismo, desde luego, pero son gestos que se repite en cientos de hogares de todo el mundo modificando nuestra forma de relacionarnos y llenando de sentido el concepto de abuelos globalizados.

VER TRIBUNA - EL ECONOMISTA