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EVA LEVY PARTICIPA EN:

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PRESENTACIÓN DEL LIBRO: "Empresari@s, una manera de estar en el mundo"

Lunes, 25 de septiembre | 10:00 horas - Edificio Bankia - Paseo de la Castellana, 189 - MADRID

AGENDA | INVITACIÓN

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Eva Levy dirigirá como moderadora el Panel: "La honestidad es rentable en la empresa"

V Informe de las mujeres en los Consejos del Ibex-35

EVA LEVY PARTICIPÓ en:

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Soy una mujer viuda, con tres hijos y tres nietos, que crean un entorno familiar armonioso y tradicional, para entendernos. O sea que, en teoría, cuestiones como las de la reproducción asistida o el espinoso asunto de los vientres de alquiler (maternidad subrogada, por ser más técnicos) no tienen porqué concernirme, ni directa, ni indirectamente y solo deberían suscitarme un interés de tipo intelectual. Sin embargo, no es el caso.

Yo diría que todo lo que se refiere a la esencia misma de la vida y de su generación tiene, hoy en día, no solo una actualidad permanente, sino también una profundidad abismal que le da una singularidad absoluta porque nos enfrenta a situaciones inéditas hace muy pocas décadas. Voy a partir de un ejemplo concreto. Una amiga mía francesa, homosexual y con pareja, buscaba un embarazo que no podía conseguir en su país, ya que, por el momento, la legislación gala reserva la inseminación artificial a las mujeres infértiles. Lo mismo que otras mujeres en su mismo caso se vienen a España, ella prefirió acercarse a Bélgica, donde apenas llegada a la clínica le propusieron de escoger entre el semen belga y el semen sueco. Como en líneas generales, entre un belga y un sueco las diferencias físicas son mínimas, se quedó atónita y pidió que le precisaran el porqué de tal alternativa. Le dijeron que había dos diferencias: como los suecos pagan muy bien la donación de semen, la lista de espera es menos larga para las que escogen esa posibilidad. Por otra parte, según le entendí, la ley sueca le da el derecho a la criatura nacida en tales condiciones de conocer la identidad de su padre biológico a su mayoría de edad.

Preciso el término biológico ya que, en los documentos oficiales franceses, es la pareja femenina de la madre la que figura como padre. Cuando me contó todo esto, admito que me quedé sin palabras un buen rato. Después trate de reflexionar, de racionalizar el caso y llegué a la conclusión de que en situaciones como esta se plantean tres problemas:

-El primero, el de someter el semen, es decir la vida, a ley más descarnada oferta y demanda. No es nuevo, sucede hace años, pero ¿puede sobrevivir así el carácter sagrado o en todo caso único de la vida a un tratamiento semejante?

-Viene después el de la relación entre la técnica y la naturaleza. La cultura occidental se basó desde sus inicios sobre la idea aristotélica de que la técnica es la prolongación de la naturaleza. El instrumento no es nada más que la extensión material de la mano. Aquí tenemos una técnica que maneja, ya no la materia sino la vida y que parece violar la naturaleza más que prolongarla. Digo parece puesto que la frontera entre lo que la naturaleza determina (el sol nunca saldrá por el Oeste) y lo que ella permite sin imponerlo es algo confusa. En muchas personas, incluso entre las más liberales, nace periódicamente el temor al eugenismo y de que prácticas bienintencionadas terminen con los espeluznantes resultados que tal objetivo dio durante la época nazi. De hecho, ya existen ferias donde las agencias especializadas en proporcionar los llamados vientres de alquiler permite a los posibles padres/madres que puedan elegir el producto que buscan hasta extremos increíbles, pero para llegar hasta ahí hemos asistido antes a otras formas de siniestra selección en función de dudosos criterios genéticos.

-Por fin, el cambio lingüístico, al menos en la burocracia francesa. Cuando le preguntamos a un pequeño: ¿dónde está tu papá?, esperamos ver aparecer a un hombre, no una mujer exteriormente idéntica a la mamá. Esta fractura o divorcio entre el lenguaje y la realidad a la que estamos acostumbrados es la señal más inmediata de lo que puede calificarse, sin exageraciones, como un cambio radical de la sociedad y la puerta a un futuro desconocido, no necesariamente malo, pero frente al que deberíamos establecer cautelas.

Bueno, ¿y ahora qué? Yo no diría que estemos ante preguntas sin respuesta, sino que nos encontramos ante una pluralidad de respuestas contradictorias, en función de los criterios que se escojan. Si se considera que los únicos valores incuestionables son el respeto al otro/a la otra y el amor inteligente a la criatura que encarnaba la familia tradicional, hay que reconocer que esta no siempre ha sido (ni está siendo) tan ejemplar como para erigirse en modelo único. Además, la sociedad ha sufrido muchas transformaciones, donde no es menor la incorporación de la mujer al trabajo y el retraso de la maternidad hasta límites biológicamente arriesgados. Desde esa perspectiva, todos los procesos técnicos recientes pueden aparecer como vías por las que los valores específicamente humanos se liberan de las determinaciones materiales y biológicas para imponerse por sí mismas. Si, al contrario, se piensa que existe una transcendencia cuya expresión es la ley natural, los mismos procesos pueden interpretarse como una manifestación más del ideal de Prometeo, que llevó al ser humano a tantos desastres por creerse que controlaba el mundo.

¿Es posible el diálogo entre posiciones tan distintas? Sería demasiado optimista responder que sí. En esta postmodernidad, cuya característica más visible es la fragmentación, parecemos caminar a gran velocidad hacia una situación de mundos ideológicos totalmente heterogéneos, con toda la potencialidad de conflictos que ello implica. Por lo tanto, no veo otra solución que suponer la existencia de un punto omega donde lo que hoy parece incompatible llegue, no digo a un estado de armonía, sino a una situación de respetuosa convivencia. En todo caso, no existe otra alternativa que actuar como si ese punto existiese.

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